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IMG_6278Desde tiempos inmemoriales, aquella ciudad era atravesada por uno de esos riachuelos transparentes y frescos que arrastran ramitas a su paso. Nadie, absolutamente nadie, sabía de donde venía, pero a todos les alegraba la llegada de ese acompañante húmedo que refrescaba las calles.

Un día, uno de esos días calurosos en los que nadie quiere salir a la acera, a un niño le dio por probar el agua (sólo los niños son curiosos) y, maravillado por su sabor, corrió a decírselo a sus padres.
El agua sabía- contaba el pequeño a sus amigos- ¡a sal!
Y eso es muy raro
-añadía consternado- porque las aguas de río no tienen sabor.

En fin, que se armó un revuelo en todo el pueblo y los aldeanos, en búsqueda de una respuesta, decidieron partir a encontrar el nacimiento del arroyuelo misterioso.
La leyenda dice que nunca lo encontraron; que el rastro del agua se perdía por cavernas oscuras y selvas intrincadas y los aldeanos desistieron de su búsqueda…

Sin embargo, yo sé algo más. Y es que el niño, que como todo niño nunca se daba por vencido, encontró la fuente. Allí, en lo alto de la montaña más lejana del pueblo, comenzaba el nacimiento del agua. La sal venía de las lágrimas de un gigante (uno de los buenos, permítanme aclarar), que lloraba desconsoladamente porque se había enamorado de una sirena y esta había tenido que regresar al mar.

Nunca se le dijo a nadie del descubrimiento… y el buen gigante todavía debe andar refrescando al pueblo pero, cuentan los que la han visto que, a orillas del mar, justo donde termina el río, de vez en cuando aparece la silueta de una mujer. Mejor dicho, media silueta.

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